Enrique Palacio
Numèro Mode







_Numéro MODE, 2009
_Carpeta de cinco grabados
_Photogravure.
_Papel Zerkall 250 g. 56 x 78 cm.
_p.v.p. 2000€ + iva

_p.v.p. 450€ c/u + diva




Blowing in the wind
Fernando Castro Flórez


Nadar que, no cabe duda, conocía muy bien a las personas que retrataba, señaló que la fotografía es un descubrimiento maravilloso, “una ciencia que ha atraído a los mayores intelectos, un arte que excita a las mentes más astutas... y que puede ser practicada por cualquier imbécil... La teoría fotográfica puede ser enseñada en una hora y su técnica básica en un día. Pero lo que no puede ser enseñado es tener el sentimiento de la luz... Es la forma en que una luz cae sobre un rostro que usted como artista debe capturar. Ni tampoco puede ser enseñado cómo captar la personalidad de cada persona. Para producir un parecido íntimo y no un retrato trivial ni el resultado de un mero azar, usted debe ponerse en comunión con esa persona, medir sus pensamientos y su carácter íntimo”. Pero conseguir esa intimidad no es nada fácil. La fotografía nos muestra una realidad anterior a toda “conversación” o comprensión subjetiva, algo que, en verdad, no puede tocarse, que aunque da la impresión de idealidad no se la percibe nunca como algo puramente ilusorio: es el documento de una “realidad de la que nos hallamos fuera de alcance. Tenemos grandes dificultades para enfocar lo cercano o a lo mejor no queremos contemplarlo; los ojos de algunos sujetos retratados miran a otro lado, hurtan el apóstrofe de su locura. En las fotografías comprobamos que lo no visto no es solamente algo que fue en el pasado sino que se hace presente la verdad de que es esto, una suerte de “loca verdad” que tiene que ver con el sufrimiento de amor. Es en los resquicios entre la plenitud de la experiencia y la escasez del simbolismo donde nace el deseo; sin duda las fotografías atrapan la ocasión, aquello que nos toca, algo que tuvo lugar una vez y se mantiene para siempre.
Queremos ver el carácter, la curiosidad por la imagen del otro, sobre todo cuando es famoso, no decrece. En las fotografías aparecen rostros que miran de frente, con la retórica normal que impone solemnidad y sinceridad, al mismo tiempo que intenta revelar la esencia del sujeto, en algunos casos nos conmueven y parece que buscaran también la simpatía. Los fotógrafos inevitablemente imponen pautas a los modelos, ajustan el cuerpo del otro a un sistema socio-simbólico. Posar es adoptar una postura que se supone que no es “natural”, colocarse de cierta forma teatral, incluso con manifiesta incomodidad, hacerse presentable, simulando aquella naturalidad, reclamando “respeto”. En el instante del encuentro de la cosa real ante el ojo se produce la inmovilidad, la detención de la pose, esa actitud estirada que luego nos sorprende o, mejor, hace que no podamos reconocernos. “La Fotografía –señala Barthes en La cámara lúcida- transformaba al sujeto en objeto e incluso si cabe en objeto de museo: para tomar los primeros retratos (hacia 1840) era necesario someter al sujeto a largar poses bajo una cristalera a pleno sol; devenir objeto hacía sufrir como una operación quirúrgica; se inventó entonces un aparato llamado apoyacabezas, especie de prótesis invisible al objetivo que sostenía y mantenía al cuerpo en su pasar a la inmovilidad: este apoyacabezas era el pedestal de la estatua en que yo me iba a convertir, el corsé de mi esencia imaginaria”. Puede que sea cierto que posar es ponerse en relación con el falo, aunque, paradójicamente, el sentimiento de estar arrobado provenga de la “presencia” de la madre. Las fotografías, literalmente, nos dejan petrificados, como si volviera aquel horror clásico que surgía ante la Gorgona, convierten al sujeto en objeto. Si los primitivos sentían un profundo temor ante la cámara fotográfica, ese extraño aparato que podía robarles algo de su ser, los modernos se vuelven como locos haciendo fotografías de toda clase de cosas familiares.
El sujeto del deseo no es el que ve ni el que es visto, sino el que se hace ver. “El sujeto posa –afirma Craig Owens- como objeto para ser sujeto”. Y, a su vez, toda fotografía es un objeto único pues nos permite la posesión de una persona o cosa querida. Miramos un rostro conocido, incluso el nuestro, y comprobamos que se ha convertido en un espectro. Enrique Palacio decanta, en la hermosa serie Número MODE (2009) su experiencia como fotógrafo de moda para realizar un proyecto netamente artístico. No se trata, en este caso de hacer uso de una estrategia de seducción que mantenga la mirada fascinada entre la belleza de la modelo y el esplendor de los ropajes sino de atrapar una atmósfera o, en sentido literal, un viento que modifica el aspecto de la subjetividad y dota al cuerpo de una extraordinaria sensualidad. La pose está afectada por un movimiento que evoca a la naturaleza pero que es, al mismo tiempo, un signo de artificialidad. El aire que agita cabellos y telas está actuando en el espacio cerrado del estudio donde cada elemento y detalle se calcula. Es manifiesto que Enrique Palacio tiene un control total de la imagen y que está pensando en la relación entre presencia corporal y especialidad abstracta. Sus fondos negros o intensamente blancos refuerzan y, al mismo tiempo, dotan de misterio la epifanía, me atrevo a emplear este término, del cuerpo femenino. Hay un uso, en algunas de las fotografías, del vacío que impone una sensación de silencio o misterio, como si estuviéramos penetrando en una escena “secreta”.
“Mirar –escribe Pierre Bourdieu- sin ser visto, sin ser visto mirando y sin ser mirado, o lo que es lo mismo, a hurtadillas o, mejor aún fotografiar de ese modo, es desposeer a los otros de su imagen. Al mirar al que mira (o que fotografía), rectificando el aspecto, uno se pone a mirar como pretende ser visto: ofrece la imagen de sí mismo. En una palabra, ante una mirada que fija e inmoviliza las apariencias, adoptar la postura más ceremonial, es reducir el riesgo al ridículo y de torpeza y dar al otro una imagen de sí “preparada”, es decir, definida de antemano. Del mismo modo que el respeto por la etiqueta, la frontalidad es un medio de que uno efectúe por sí mismo su propia objetivación: dar de sí una imagen a partir de unas reglas es una manera de impedir las normas de la propia percepción”. Enrique Palacio no es, ni mucho menos un voyeur, aunque en las fotografías de Numero MODE no hay, en apariencia, relación entre las modelos y la mirada escrutadora. Las mujeres están “ensimismadas”, en algún caso da la impresión de que se entregan a la ensoñación, también nos dan la espalda, aunque en el último momento lanzan una mirada de tierna complicidad. No estamos, tampoco, en la simulación del “erotismo” de Blow Up o en aquella geometrización que se rompe con la emergencia, literal, del “cuerpo del delito”; Enrique Palacio dispone una especie de distancia aurática entre el deseo del otro y la presencia agitada y, valga la paradoja, serena de los cuerpos femeninos.
Una pizca de azar juega con los cabellos que tapan la hermosura del rostro, los brazos ganan protagonismo en esos gestos que tienen algo de melancólicos. El codo, la articulación, podría sugerir un repliegue introspectivo. Enrique Palacio hace una pausa en el vértigo de la moda y atrapa algo tan mítico como es el drapeado de las telas; en cierto sentido es otro ninfoleptós, un hombre raptado por la belleza fugitiva de la ninfa que obsesionara a Warburg o al Nabokov de Lolita. Afortunadamente, este fotógrafo evita el dirty realism o la estética grunge que se impuso a partir del “fenómeno” Kate Moss. Enrique Palacios plasma un singular clasicismo que no es, ni mucho menos, estático sino dinámico. El viento que agita esas imágenes es fruto de una pasión que no excluye la razón, del entusiasmo y la quietud, en un desplazamiento desde la belleza convulsa surreal a una elegancia serenamente agitada que nos seduce con la más extraordinaria de las sutilezas.